La autoestima se construye a través de un proceso de asimilación e interiorización desde el nacimiento pero que puede modificarse a lo largo de toda la vida. Se genera por la imagen que los otros nos dan de nosotros mismos y por el valor que demos a esta imagen. Es durante la infancia y adolescencia donde la autoestima crea una marca profunda, porque es en estas etapas cuando nos encontramos más vulnerables y flexibles.
Existe una discrepancia entre lo que pensamos que somos y lo que nos gustaría ser, y la manera en que valoramos este sentimiento se llama autoestima, la cual, representa el concepto que se tiene de sí mismo, es decir, si nos consideramos buenos o malos, feos o guapos, etc. Esto nos lleva a cierto grado de aceptación, al aprecio o desprecio y, por consecuencia, a formarnos un autoconcepto y valoración propios. En el ámbito de los niños y jóvenes, para hacer más comprensible el concepto de autoestima, se habla de cuatro áreas:
• Imagen corporal. Es cómo valoran su aspecto y sus capacidades físicas.
• Familiar. Se refiere a su sentimiento como integrantes de su familia.
• Social. Son sus sentimientos sobre las relaciones con amigos y compañeros.
• Académica. Es lo qué piensan de su circunstancia como estudiantes.
De todo esto resulta la autoestima global, es decir, la valoración general que hacen de sí mismos. Decimos que las personas tienen una autoestima alta cuando se valoran y están satisfechas con sus habilidades y acciones, cuando confían en sí mismas, conocen cuáles son sus fortalezas y hacen gala de ellas, saben identificar sus debilidades y critican de manera constructiva su propia persona.
Por el contrario, en las personas con baja autoestima existe una gran diferencia entre cómo sienten que son y cómo les gustaría ser. Mientras más áreas de la vida del niño o joven estén afectadas por esta forma de valorarse peor será su autoevaluación.
La autoestima es un importante indicador, ya que si su nivel es bajo, puede desencadenar estados depresivos; por ejemplo, quizás un adolescente obtenga buenos resultados académicos, pero si eso no es muy importante para él o ella, le dará poco valor. En cambio, si lo que considera realmente importante es ser aceptado por un grupo del cual es sistemáticamente rechazado, llevará a cabo cualquier tipo de conducta para pertenecer a éste, como consumir alcohol o drogas.
Es frecuente encontrar que la imagen que los demás tienen de alguien no está relacionada con la imagen que esa persona tiene de sí misma; en los niños y adolescente sucede lo mismo, incluso nos encontramos con casos de jóvenes con buena apariencia y excelentes resultados académicos que intentan suicidarse porque una novia o novio los dejó. Estos casos, que no dejan de sorprender, se podrían haber evitado si se hubiera detectado que ese joven tenía una autoestima baja.
Diversos estudios, sobre la relación entre la familia y el niño, muestran que en familias de baja autoestima, a los niños usualmente se les transmite lo mismo. En familias con alta autoestima ocurre lo contrario, ya que los miembros no sólo se valoran, sino que cuando aparecen retos en la vida los ven como algo cotidiano, con la visión de que se pueden cometer errores en diferentes ocasiones y los tratan como oportunidades para obtener nuevos aprendizajes.
Durante el proceso de desarrollo de la autoestima es conveniente tener presente que, cuando el niño crece, va formando su concepto personal y aparece la idea de quién es, si le agrada a las demás personas que le rodean o no y si lo aceptan en su entorno, también se crea expectativas acerca de las posibilidades que tiene en la vida.
Por ello, se debe dar al menor la oportunidad de aprender por medio del desarrollo de tareas que al mismo tiempo le fomenten un sentido de responsabilidad, en un ambiente cálido donde reciba motivación y reconocimiento. Asimismo, es esencial facilitarle oportunidades para tomar decisiones y resolver problemas, y darle confianza para que se desenvuelva sacando a relucir sus capacidades y habilidades.
Cómo estimular la autoestima
Para fomentar la autoestima del niño puedes seguir algunos consejos:
• Incentiva en tu hijo el desarrollo de responsabilidades. De una manera positiva, crea algunos compromisos y exige, en un clima de participación e interacción, su cumplimiento.
• Dale la oportunidad de que tome decisiones y resuelva algún problema.
• Refuerza su conducta con una actitud positiva. Por ejemplo, cuando él haga los deberes, recoja sus juguetes o se cambie de ropa solo, dile con cariño y de forma efusiva ¡qué mayor eres!, ¡Gracias por ayudarme!, o ¡lo has hecho muy bien!
• Pon límites claros a tu hijo enseñándole a prever las consecuencias de su conducta. Puedes decirle por ejemplo: "Si no recoges tus juguetes, no irás al cine", y realmente cumplirlo.
• Enseña a tu hijo a resolver sus propios problemas, ya que así aprenderá de sus errores y faltas de una forma positiva. Por ejemplo, si el niño no alcanza una buena nota en una asignatura escolar, anímale a estudiar más y a superarse en el próximo examen. De nada servirá culpabilizarlo. El niño debe sentir que un error puede ser convertido en un aprendizaje y que podrá arreglarlo si emplea más esfuerzo.
• Deja de lado las críticas que nada construyen. Los insultos no favorecerán la autoestima del niño. En lugar, por ejemplo, de decir "eres un desordenado, tienes tu cuarto como una basura", mejor decir: "No me gusta ver tu cuarto tan desordenado, me pone muy triste". Así estarás demostrando que lo que a ti te disgusta es el desorden del cuarto, no el niño.
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