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¿Se valen las nalgadas?

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¿Qué representa una nalgada? ¿Qué tan benéfico resulta educar así a nuestros hijos?

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Rosa Barocio, lic. en educación preescolar, diplomada en educación Montessori y en pedagogía Waldorf. Tiene más de 30 años trabajando con niños y formando a maestros.

Cuando imparto mis cursos de disciplina para padres de familia usualmente alguno me hace este comentario: ¿Qué tienen de malo las nalgadas?, hay actitudes que lastiman más. Y en eso estoy de acuerdo, a veces podemos hacer más daño con palabras que con una nalgada, pero ¿qué le está transmitiendo a su hijo cuando arregla los problemas con un golpe? ¿Alguna vez se ha puesto a reflexionar sobre este asunto?

Una madre de familia me comentó que en una ocasión su hija de cuatro años estaba muy enojada con ella y le empezó a dar patadas; entonces la madre la detuvo y le dijo: ¡Qué te pasa, hija, no me puedes pegar, soy tu madre! Y la niña le contestó: ¿Y por qué no?, si tú cuando te enojas me das nalgadas.

Esta niña tenía razón, según ella, estaba enojada y era válido hacer lo mismo que su madre. En otra época tal vez lo pensábamos pero no nos atrevíamos a hacerlo. Sin embargo, los tiempos han cambiado y los niños cada vez más nos dan una cucharada de nuestro propio chocolate.

Cuando les pegamos les enseñamos, sin querer, que las situaciones difíciles se solucionan con violencia, y que se vale que el fuerte se aproveche del débil.

Entonces, cuando el niño tiene una dificultad con algún compañero del colegio ¿cómo resuelve el problema? Por supuesto que con un golpe, y quizá la maestra lo regaña y le explica que golpear es malo, por lo tanto el niño se confunde y piensa: “Qué raro… si así es como arreglamos las cosas en mi casa”.

Por otro lado, ¿hemos pensado en la impotencia que siente un niño ante la violencia, ante la ira incontrolada de un adulto que en comparación con su pequeña estatura es como un gigante. Imaginemos por un momento que se nos aparece un hombre enojado de 3 metros de altura y nos golpea. ¿Nos podemos dar una idea del miedo que sentiríamos al saber que no tenemos la posibilidad de escapar, y que nuestra vida está en sus manos? Eso sienten nuestros hijos cuando los golpeamos: impotencia, miedo, frustración, resentimiento.

No obstante, esto no quiere decir que las nalgadas no sirvan. Por el contrario, funcionan, pues cuando le damos una nalgada, el niño entiende que no debe volver a hacerlo. Pero estamos pagando un precio muy alto por esta obediencia: el deterioro de nuestra relación porque es imposible querer a una persona que nos provoca temor, ya que el miedo y el amor se excluyen uno al otro.

Y después, nos sorprende cómo está el mundo cuando estamos condicionando a nuestros hijos a ser violentos desde pequeños. Me resulta muy claro ver que la violencia mundial sólo es un reflejo de la violencia que se aprende en casa.

Pero entonces, ¿cómo le hago para no enojarme? ¡Se vale enojarse. Lo que tenemos que saber es qué hacer con ese enojo. Debemos aprender a manejar nuestro enfado de una manera adecuada. ¿Se acuerda de la frase: “cuente hasta 10”… pues sí, cuente hasta 10 y no pague el precio del golpe. Recuerde, lo más valioso que tenemos es el amor y respeto de nuestros hijos.

 

 

 

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